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Cuando se tiene un cañón de pistola metido en la boca, uno piensa en cuando era chico y chupaba las monedas de duro porque sí, para probar a qué sabían (porque simplemente nunca se había metido uno una moneda de duro en la boca). Antes de que llegara la madre de uno a pegarle un manotazo, destilaban un sabor acre y oxidado, parecido al de las heridas o al de los dedos una mujer con el período cuando acaba de masturbarse. Cuando se tiene el cañón de una Beretta de 32 milímetros metido en la boca, además, es difícil vocalizar y no se le entiende a uno. Así que al decir: - O uedo esviá. Quien sostiene la pistola debe entender: - No puedo respirar. Recuerdo (y pocas son las cosas que recuerdo) que cuando era más joven lo pasaba muy mal en algunas ocasiones en que me era difícil respirar. Por ejemplo, en los inviernos del colegio mayor de los jesuitas, cuando me llevaba a alguna chati de extranjis y nos acostábamos en esa habitación desesperante como un submarino hundido en el Ártico. Yo primero les lamía el coño pero, como invariablemente estaba resfriado, sufría lo indecible: resoplaba y me ahogaba y terminaba haciéndolo pasar mal a las chicas, que con enorme voluntad terminaban corriéndose intentando pensar en otra cosa (¿mi póster de Indiana Jones con su látigo?).Yo sacaba fuerzas de flaqueza sabiendo, eso sí, que con el primer polvo se me destaparía la nariz, porque es algo que siempre me ocurre así. Se trata de eyacular y las fosas nasales se despejan como si uno se hubiera metido dos rayas de cocaína, de cocaína mentolada. Pruébenlo, no falla. Lo de follar con la nariz tapada, digo. Es un remedio que terminó usando todo el colegio mayor (gran excusa de cena mixta de Navidad) y, creo, por alguno de los jesuitas. - ¿No puedes respirar? ¿No puedes respirar? ¿No puedes respirar? ¡Te jodes! ¡Te jodes! El cariz de las cosas no era bueno. Yo la había cagado de manera sutil y sólida a la vez, sin ningún reparo. De la manera sutil en que la cagan los desmemoriados insomnes como yo. Una manera de liarla uno solo que te deja en bragas y más solo que antes, más solo que la luna, que en paz descanse. No había mucho más que esperar de la situación, y, a decir verdad, yo estaba acojonado. Era un miedo calmo, en cualquier caso, porque sabía que el asunto no dependía de mí. No tenía que tirar de ninguna anilla para que se abriera mi paracaídas, no tenía que dejar de fumar, no tenía que decidirme por fin a ir al médico a mirarme ese bulto. No tenía (no podía) hacer nada para evitar nada. Ustedes no me creerán, ciertamente. No me creerán si les digo que no tenía tanto miedo, al menos no ese miedo al que tanto tememos muchos (ese pánico incontrolable que asusta tanto, ese que se palpa en algunas películas de Hollywood). Pero así es, lo sabrán si algún día se ven en un lance parecido. Era un miedo tal, fíjense, que me permitía analizar con una lucidez sorprendentemente objetiva lo ridículo y absurdo de la situación, del personaje que pretendía volarme los sesos con su arma oficial. Me sorprendí varias veces, en los siete u ocho minutos que duró aquello, pensando más en el sofoco del que quería acabar conmigo (en sus espasmos, en las veinte o treinta salvajes sinapsis por segundo que le machacaban las atormentadas dendritas, en el sudor y los temblores de sus muñecas) que en mi propia vida. Ahora mismo le odio, pero no le guardo rencor. A fin de cuentas, yo también respondí cuando me lo preguntaron: las faltas que me inspiran mayor indulgencia son las que se cometen por amor.
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| Norway January 15, 2007 03:49 PM PST El olor acre de la basura, de los plásticos, incendiados. El picor lacrimógeno de los botes de humo. Olor a pólvora, boca pastosa, garganta seca, ojos llorosos, sudor frío, rancio, tabernario, con tufo de amoniaco. Y del otro lado de la calle, surgiendo de la nada, un “gris”. Se ralentiza aún más la moviola. Se echa a la cara el fusil lanza-pelotas. Su cara, bajo el casco, en sombra. Estamos los dos solos, inmóviles, cara a cara. Miro el agujero negro. Me va a reventar un ojo. A esta distancia estoy muerto. Mi cara debe escribir un “¿cómo puedes hacer esto?”. La escena está congelada. A lo lejos, en sordina, se oyen gritos. Y siento una bocanada de calor. ¿Me ha dado? ¿ha disparado? ¿estoy muerto? Echa a correr hacia un lado y yo hacia el contrario. http://dereplicantes.blogspot.com/2007/01/el-agujero-negro.html | ||
| Miguel November 16, 2006 01:15 PM PST ¿Es broma, no? | ||
| Vi.Et.Nán November 14, 2006 12:27 PM PST Joder Miguel, me haces casi llorar de lo bueno que es. Tu escritura de bien aparece creando expectativas, para luego desaparecer y luego... No quiero hacer comentarios que estropeen este momento de. | ||
| lucasianos November 11, 2006 01:13 PM PST Yo también tuve... Qué quieres que te diga, sigue, no sigas, haz lo que te dé la gana. Pero qué bien qué bien. | ||
| Okr November 10, 2006 07:31 PM PST Una vez, recuerdo, tuve una pistola en la boca, pero esa historia no se puede contar. | ||
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