Entry: Lavapiés 14.9.06



Son tres y los veo por uno de los resquicios que deja mi persiana verde, el mismo por el que Vicenta, la solterona del bambo bordado con su nombre, nos espía a Fyra y a mí tumbados en la cama en las noches demasiado largas. Son ella, Vicenta, una de las chicas dominicanas y un hombre grueso, cincuentón como las puertas de la casa que alquila, de voz profunda y mate.

Me asomo. Vicenta mira a un lado y a otro. Sujeta a Galita entre los brazos. La chica dominicana, una de las del piso bajo, rechina entre dientes y el hombre grueso protesta. Vuelvo rápido a la cama a escuchar, y a escribir. Ahora son cuatro: apareció un hombre, uno de esos que jamás se deja ver por el piso bajo. ¿Dime, cuál es el problema? Ahora hablan él y el hombre grueso. Uno, el dueño del apartamento; el otro, probablemente, la pareja de la inquilina, o de las inquilinas. Nunca se ven hombres en el patio de la corrala. Muchas mujeres, muchos niños, se confunden unos y otros entre las cintas que crecen ágiles y las baldosas empedradas. Esta tarde apareció uno de ellos, no lo he visto. Se ha encarado con el hombre grueso, probablemente hoy su acreedor, y, sentado y tecleando, me pienso que pueda ocurrir algo poco agradable. Los tonos sin embargo se acallan y la discusión se ha convertido ahora en una conversación calma en el zaguán de la casa.

 

Igual la pareja de dominicanos podría haber matado al arrendador ahí mismo, a golpes. Quizá su hijo se les habría unido, es pequeño pero apunta maneras de sádico. No sé. Quizá el dominicano no tiene ni dinero para pagar los dos meses de alquiler que debe, ni papeles, ni escrúpulos para arreglar estos asuntos a riñas. Quizá estuvo deseando caerle a golpes. Quizá está más asustado que su acreedor, quizá ambos creen estar más asustado que el otro. Quizá la mujer (su mujer, o su hermana) anhelaba muy remotamente que la entrevista se encendiese porque cuando el hombre (su marido, su pareja, su antiguo proxeneta) se enmacha así una leve excitación sexual ahueca sus ingles. Uno nunca sabe. Yo al menos no sé. Lavapiés se me ha abierto al frente como una fruta madura de fin de agosto y aún no sé qué pepitas son las buenas, cuáles las más amargas. Dos coches de policía en mi calle por semana me están enseñando, desde el telescopio de mi habitación mal amueblada, la cara no tan oculta del barrio bajo.

 

Vicenta se va a misa y Gala olisquea las plantas. Todo está bien. También todo terminó sin demasiados gritos el día en que el sobrino de Angelita (la veterana del patio: llegó a esta casa al terminar la Guerra Civil) vino a por su ropa. Su tía le recomendó venderla y le recordó que no quería oír más historias. Ninguna historia más, Juan. Juan sólo quería beberse un vaso de agua fría y salir de allí. Lo vi de espaldas con los músculos de los hombros encogidos mirando a su tía desde arriba. Tranquilo, Juan. Pero Juan está tranquilo, Juan en realidad es un tío sosegado. Angelita, tranquila. Ya. Juan cruje escaleras abajo y su gorra y su camiseta de colores chillones desaparecen por el zaguán, un bolsón al hombro. Angelita, asomada, masculla. Luego me sonríe y me dice que ponga granos de arroz en la tierra cuando siembre los tiestos.

 

El primer coche de policía estaba frente al supermercado y lo rodeaba una marabunta de curiosos ajenos al barrio: mochilas en bandolera, gafas de sol graduales, patillones enormes, culitos envueltos en faldas de trapo, y una escritora alta, desgarbada y hermosa (una constelación en una sien y un lunar capital en la mejilla opuesta). Fyra a veces pasa regomello entre las esquinas del barrio, pero siempre, siempre, sabe moverse sin tener que atender a semáforos o pasos de cebra. Pisa el asfalto como toca con los dedos las páginas satinadas de una novela barata y pretenciosa. Y allí está, parada, ha encendido un cigarrillo y hace tiempo. Por lo visto, un cliente se puso nervioso en la caja porque su cola no avanzaba y empezó a berrear. El segurata le ha tajado el cuello de una bofetada, "con el anillo de boda, sangraba mucho, pero no fue nada". Poco más se sabía. El supermercado estaba vacío, las puertas semiabiertas, vigiladas por cuatro policías, y todas las luces encendidas. ¿Han secuestrado a alguien?, preguntaba un calvo con gafitas y ojos de deseo. No sé, ni idea. Cuarenta turistas y cuatro policías, y dentro del supermercado, algunos empleados discutiendo. Al final, la gente se aburrió y se empezó a marchar. Ni siquiera un "circulen, no hay nada que ver", pensó Fyra mientras apagaba el cigarro bajo la sandalia. Bueno, esto es Lavapiés. Esto es Madrid. Nada es lo que te cuentan y al final todo acaba siéndolo. Al menos lo ves venir, te queda la expectación y el temor, la esperanza cotidiana de que amanezca cada día todo un poco más sereno, o al menos un poco menos histérico. Estoy de acuerdo con ella en que es un buen sitio para poner a prueba emociones viscerales, sabrosas, útiles, olvidadas en otros, en la mayoría de escenarios de la vida urbana o no urbana del burgués con piel de lobo que yo soy.

   5 comments

marlo
September 22, 2006   06:13 PM PDT
 
Pues me siguen gustando los cuentos, y debe ser por eso que sueño a Madrid. O por los recuerdos, o la expectativa, o ¡vete a saber por qué!
Pero como todo buen cuento (o sueño) prefiero que no sea realidad, y me gusta como lo lo veo a través de ti.
Okr
September 16, 2006   12:58 PM PDT
 
Madrid es como el gazpacho. Tiene su tomate, su pepino, su pimiento, y luego cada uno le pone el vinagre y la sal que le sale de los coj... perdón, del lóbulo derecho del cerebro. Ahora, ten cuidado con el ajo, que si te pasas, te repite tol día ;)
Miguel
September 15, 2006   02:19 PM PDT
 
A mí de Madrid me contaron mil cosas, y yo a mí me conté mil cuentos para vivir en Madrid. Pues sí, todo queda en cuentos que se cuentan, que igual te los crees, que igual son perfectos para quedarse frito, o que quedan a caballo entre la historia de terror y la carta a los Reyes Magos, como decía Sabina :D
Saludos a los dos! Lo suyo sería sacar unas aceitunitas.
París59
September 14, 2006   08:58 PM PDT
 
Pero cuando lo que te cuentan es todo, al final acaba no siéndolo. Así que dejemos lo que nos cuentas para coger el contar (que no es la escritura, pero le debe quedar a trasmano).
Fyra debe saber de esto y podría contártelo.
En todo caso, Winsta anda por aquí y tú andas por allá, así que podemos empezar a contarnos con los dedos buenos.

un besazo a todos.
winstaniana
September 14, 2006   08:16 PM PDT
 
Ya me hice adicta a tu web. Me gusta cómo escribes. Las más de las veces igual te leo y no te comento nada, a menudo no sé qué decir.
Hoy te digo que en cada "quizá" del tercer párrafo hay una historia y que subrayaría muchas de tus frases pero me quedo con: "Nada es lo que te cuentan y al final todo acaba siéndolo."
Agradezco a parís59 que me brindara la ocasión de conocer tu web.
Saludos.

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