Nazco en Sevilla, crezco en Almería, estudio en Granada. Vivo y trabajo en Londres, EEUU, República Dominicana y Bruselas. Hoy día sufro y gozo Madrid fifty-fifty. Escribo sobrio o ebrio, normalmente como respuesta a impulsos, tan poco frecuentes como difíciles de obviar. No soy poeta ni ná, y me gustan Sabina, las chirimoyas, el vino de Montilla y las doradas de Huelva.
Espero que disfrutes más leyendo mis escritos que yo escribiéndolos. Puedes mandarme tus comentarios, felicitaciones, insultos o alaridos de pasión en la sección Contact Me.
¿Quién es ese amigo con el que te drogas, ese amigo coleguita el colega, el coleguita de las cañas, ese de la calle que te baila un funky en la cara si está puesto de pastillas (o te pinta la ropa de expresionismo figurativo si no está puesto más que de aburrimiento feroz)?
¿Quién, pregúntatelo bien mirándote a los ojos en el espejo, quién es esa pava que lee los mismos cómics que tú en el metro y que se sienta cuatro filas más adelante en tu oficina? ¿Quién es el tío mayor del bar de abajo que se conoce mejor que tú los números de tus humoristas preferidos?
¿Quiénes son toda estas personas que te abren puertas con túneles forrados de tubos fluorescentes? ¿Por qué no los invitas a casa, a un café, maldito?
Qué jodido encontrártelo, a esa o a ese, un día en casa bajo las sábanas, remojando un poco de queso fundido que ha quedado pegado en la almohada, tan tranquilamente. Qué jodido sentirse incómodo. Qué jodido, qué frustrante tenerlo ante ti sentado al tipo en un sofá de eskay pidiendo una copa, o a ella en un taburete con las piernas abiertas y el cómic entre ellas, o al otro contándote apoyado en la jamba de la única puerta de la casa el único sketch de ese humorista que no recuerdas.
Torpemente sentir un regomello. Desabrido, un abalanzamiento del corazón. Un mirarse de reojo con el del espejo, allí en el fondo del baño, a tu derecha (ellos no te ven) y decir qué jodido, qué jodido. Qué jodido no haberse dado cuenta antes de que el clavo oxidado no lo llevo yo: está hincado en los cimientos de esta casa, o en el centro del espejo que me mira. Qué jodido, qué alivio.
El tráiler del primer corto de mi primo Iván (de próximo estreno en salas selectas...), ea, cómo no dejarle un sitio aquí para vocear la fuerza de su ópera prima.
Cuando se tiene un cañón de pistola metido en la boca, uno piensa en cuando era chico y chupaba las monedas de duro porque sí, para probar a qué sabían (porque simplemente nunca se había metido uno una moneda de duro en la boca). Antes de que llegara la madre de uno a pegarle un manotazo, destilaban un sabor acre y oxidado, parecido al de las heridas o al de los dedos una mujer con el período cuando acaba de masturbarse. Cuando se tiene el cañón de una Beretta de 32 milímetros metido en la boca, además, es difícil vocalizar y no se le entiende a uno. Así que al decir:
- O uedo esviá.
Quien sostiene la pistola debe entender:
- No puedo respirar.
Recuerdo (y pocas son las cosas que recuerdo) que cuando era más joven lo pasaba muy mal en algunas ocasiones en que me era difícil respirar. Por ejemplo, en los inviernos del colegio mayor de los jesuitas, cuando me llevaba a alguna chati de extranjis y nos acostábamos en esa habitación desesperante como un submarino hundido en el Ártico. Yo primero les lamía el coño pero, como invariablemente estaba resfriado, sufría lo indecible: resoplaba y me ahogaba y terminaba haciéndolo pasar mal a las chicas, que con enorme voluntad terminaban corriéndose intentando pensar en otra cosa (¿mi póster de Indiana Jones con su látigo?).Yo sacaba fuerzas de flaqueza sabiendo, eso sí, que con el primer polvo se me destaparía la nariz, porque es algo que siempre me ocurre así. Se trata de eyacular y las fosas nasales se despejan como si uno se hubiera metido dos rayas de cocaína, de cocaína mentolada. Pruébenlo, no falla. Lo de follar con la nariz tapada, digo. Es un remedio que terminó usando todo el colegio mayor (gran excusa de cena mixta de Navidad) y, creo, por alguno de los jesuitas.
El cariz de las cosas no era bueno. Yo la había cagado de manera sutil y sólida a la vez, sin ningún reparo. De la manera sutil en que la cagan los desmemoriados insomnes como yo. Una manera de liarla uno solo que te deja en bragas y más solo que antes, más solo que la luna, que en paz descanse. No había mucho más que esperar de la situación, y, a decir verdad, yo estaba acojonado. Era un miedo calmo, en cualquier caso, porque sabía que el asunto no dependía de mí. No tenía que tirar de ninguna anilla para que se abriera mi paracaídas, no tenía que dejar de fumar, no tenía que decidirme por fin a ir al médico a mirarme ese bulto. No tenía (no podía) hacer nada para evitar nada. Ustedes no me creerán, ciertamente. No me creerán si les digo que no tenía tanto miedo, al menos no ese miedo al que tanto tememos muchos (ese pánico incontrolable que asusta tanto, ese que se palpa en algunas películas de Hollywood). Pero así es, lo sabrán si algún día se ven en un lance parecido. Era un miedo tal, fíjense, que me permitía analizar con una lucidez sorprendentemente objetiva lo ridículo y absurdo de la situación, del personaje que pretendía volarme los sesos con su arma oficial. Me sorprendí varias veces, en los siete u ocho minutos que duró aquello, pensando más en el sofoco del que quería acabar conmigo (en sus espasmos, en las veinte o treinta salvajes sinapsis por segundo que le machacaban las atormentadas dendritas, en el sudor y los temblores de sus muñecas) que en mi propia vida. Ahora mismo le odio, pero no le guardo rencor. A fin de cuentas, yo también respondí cuando me lo preguntaron: las faltas que me inspiran mayor indulgencia son las que se cometen por amor.
This house has been far out at sea all night, The woods crashing through darkness, the booming hills, Winds stampeding the fields under the window Floundering black astride and blinding wet
Till day rose; then under an orange sky The hills had new places, and wind wielded Blade-light, luminous black and emerald, Flexing like the lens of a mad eye.
At noon I scaled along the house-side as far as The coal-house door. Once I looked up -- Through the brunt wind that dented the balls of my eyes The tent of the hills drummed and strained its guyrope,
The fields quivering, the skyline a grimace, At any second to bang and vanish with a flap; The wind flung a magpie away and a black- Back gull bent like an iron bar slowly. The house
Rang like some fine green goblet in the note That any second would shatter it. Now deep In chairs, in front of the great fire, we grip Our hearts and cannot entertain book, thought,
Or each other. We watch the fire blazing, And feel the roots of the house move, but sit on, Seeing the window tremble to come in, Hearing the stones cry out under the horizons.
Viento
Esta casa ha pasado mar adentro la noche,
los bosques estrellándose en la oscuridad, las colinas retumbando,
el viento en estampida sobre los campos, bajo la ventana
forcejeando, negro, cabalgando con humedad cegadora
hasta que se levantó el día, entonces bajo un cielo rosado
las colinas habían cambiado de lugar y el viento blandió
luz como cuchillas de esmeralda y negro luminoso,
flexible como la lente de un ojo enloquecido.
A mediodía subí el lateral de la casa hasta la
puerta de la carbonera. Cuando miré hacia arriba,
A través del brutal viento que me mordía los ojos,
la carpa de los montes resonaba tirando de sus amarres,
Los campos temblaban, el horizonte era un rictus que
en cualquier momento podía estallar y esfumarse como una bofetada;
el viento voló a una urraca y un gavión
se dobló como una barra de hierro, lentamente. La casa
rechinó como una fina copa de jade cuando suena la nota
que en cualquier momento la hará reventar. Ahora hundidos
en nuestras sillas, junto a la gran chimenea, el corazón encogido entre las manos,
no nos distraen los libros, ni podemos pensar
ni nos hablamos. Miramos el fuego chispeante,
y sentimos moverse las raíces de la casa, pero nos quedamos ahí,
viendo la ventana vibrando por romperse,
escuchando las piedras gritar bajo los límites de la tierra.
Rue Mérode, final de verano de 2005 - Para Patricia Faci
¿Dónde estás ahora? ¿Entre qué dos cabos te colaste? ¿A qué barquito desjarciado te encaramaste, polizonte? ¿Cuántos tratos hiciste, de quién estrechaste mano, a quién abrazaste sin preguntar?
Cómo crujían las tablas del suelo del pasillo de tu casa: como el pan tostado de miga que se engrasaba al aire gris de la mañana, como las teclas del acordeón burdeos destrozado que tocabas con ahínco. Como mi sentido del instante y de lo efímero, que crujió durante dos meses seguidos, que cruje aún al recordar el cuarto piso del número 367 de la Rue Mérode de Bruselas. (¡Oh, Mnemosina, qué puta eres, y qué beata! Podrías tratarme un poco mejor y aún así me sentiría como un perro sin dientes bajo tus botines de felpa. Cómo se escapan los segundos aquellos, y cómo vuelven de improviso, así, a empellones, a joderlo todo y a arreglarlo después, o viceversa)
Lo que más y lo que menos viene siendo un ventanal enorme, un caleidoscopio de pintura y de madera, un pasillo con el sol a un fondo y la luna llena a otro. Bajo los ventanales, una cocina y una salita, hermanadas, sólo una, llenas de gente aunque se esté solo. Miro un paisaje anodino de cuarto piso con un café remoloneando en la taza, frío como el agua que corre vidrio abajo y que resquebraja aquello en dieciocho franjas dementes y tranquilísimas: una franjita de ferrocarril, una franjita de patio sucio, una franjita de tranvía amarillo, una franjita de horizonte plano, una franjita de aire gris, una franjita de nube arisca.
Huele, y huele, y huele, y todo huele y es la astilla que se infecta en la herida ocho meses después. Huele a música y a mojado, huele a cilantro y a nevera, huele al perfume de Patricia y al sudor de Raimón, huele a cúrcuma y a vecino integrista, huele a sexo duro y seco y a colchón chillando. Saltando entre ese muestrario, robo cuatro gritos de la calle, árabes, franceses (la calle huele a té, a boda, a viernes), los ato al clarinete de Patricia (sí, sí, ese que rezonga por las esquinas mientras yo leo en mi habitación improvisada) y me los como con la pasta mágica que hizo anoche el portugués feliz. Luego, de postre, colores vuelta y vuelta: aquí morado oscuro por la pared, allí un cuadro improvisado sobre la mesa y en el rincón del butacón astillado, estrellas plateadas que alguien imaginó. Entre colores, olores y sonidos, acabo aturdido, indigesto, y sin saber muy bien por qué, hablo catalán con las paredes y me río, y Raimón, que es teatrero y catalán, me hace caso y me río con él, y él me toma por tonto, pero yo fumo de su jachís y me sigo riendo (¿y aquella vez, chicos, que terminamos en el sótano de un parking, gritándole a dos pinchas japoneses en traje de lobo, chapoteando en cerveza?)
¿Dónde andarás, Patricia? ¿En qué continente y de qué modo? Casada en Gambia con un mandingo, comprándote un bigote postizo para huir a Estambul, saliendo echando hostias de la infancia y comiéndote a todos los que te rodean en cenas, reuniones de vecinos, paseos en bici (y dejando que te coma un compañero de piso en una noche y media). Quizá en Samarcanda, afinando tus címbalos en cualquier escalera pública, o en Atenas, bailando flamenco por los bares de Plaka. Es posible que en Bruselas, de nuevo, cerrando tratos y vendiendo la casa en que me acogiste, aquella que compraste en mitad de una aventura, o en Barcelona, dando clases de yoga, dubitativa, siempre dubitativa, siempre rezongona, siempre determinada, siempre, siempre tan catalana, tan dulce, tan de mala hostia, tan viva.
Sigue, sigue viviendo, no te me pares ahora. Sigue inventándote razones para dar clases de español, para tomar tes extraños en verano antes de trabajar, para recorrer Bruselas de pie sobre una bicicleta. Sigue creando a tu alrededor esos espacios mínimos en que pasan tantas cosas, en que se provocan tantas cosas, hermosas, perturbadoras, impactantes, cosas. Vete parandito, o no, y llámame alguna vez, o pídeme el dinero que te debo, que yo además de eso te mando recuerdos y te escribo una carta esperpentográfica, parcialmente ficcionada, que quizá quepa entre tu equipaje, en alguna de las rendijas que le sobren a tu C15 la próxima vez que salgas volando, con un pañuelo en la cabeza y maldiciendo.
Son tres y los veo por uno de los resquicios que deja mi persiana verde, el mismo por el que Vicenta, la solterona del bambo bordado con su nombre, nos espía a Fyra y a mí tumbados en la cama en las noches demasiado largas. Son ella, Vicenta, una de las chicas dominicanas y un hombre grueso, cincuentón como las puertas de la casa que alquila, de voz profunda y mate.
Me asomo. Vicenta mira a un lado y a otro. Sujeta a Galita entre los brazos. La chica dominicana, una de las del piso bajo, rechina entre dientes y el hombre grueso protesta. Vuelvo rápido a la cama a escuchar, y a escribir. Ahora son cuatro: apareció un hombre, uno de esos que jamás se deja ver por el piso bajo. ¿Dime, cuál es el problema? Ahora hablan él y el hombre grueso. Uno, el dueño del apartamento; el otro, probablemente, la pareja de la inquilina, o de las inquilinas. Nunca se ven hombres en el patio de la corrala. Muchas mujeres, muchos niños, se confunden unos y otros entre las cintas que crecen ágiles y las baldosas empedradas. Esta tarde apareció uno de ellos, no lo he visto. Se ha encarado con el hombre grueso, probablemente hoy su acreedor, y, sentado y tecleando, me pienso que pueda ocurrir algo poco agradable. Los tonos sin embargo se acallan y la discusión se ha convertido ahora en una conversación calma en el zaguán de la casa.
Igual la pareja de dominicanos podría haber matado al arrendador ahí mismo, a golpes. Quizá su hijo se les habría unido, es pequeño pero apunta maneras de sádico. No sé. Quizá el dominicano no tiene ni dinero para pagar los dos meses de alquiler que debe, ni papeles, ni escrúpulos para arreglar estos asuntos a riñas. Quizá estuvo deseando caerle a golpes. Quizá está más asustado que su acreedor, quizá ambos creen estar más asustado que el otro. Quizá la mujer (su mujer, o su hermana) anhelaba muy remotamente que la entrevista se encendiese porque cuando el hombre (su marido, su pareja, su antiguo proxeneta) se enmacha así una leve excitación sexual ahueca sus ingles. Uno nunca sabe. Yo al menos no sé. Lavapiés se me ha abierto al frente como una fruta madura de fin de agosto y aún no sé qué pepitas son las buenas, cuáles las más amargas. Dos coches de policía en mi calle por semana me están enseñando, desde el telescopio de mi habitación mal amueblada, la cara no tan oculta del barrio bajo.
Vicenta se va a misa y Gala olisquea las plantas. Todo está bien. También todo terminó sin demasiados gritos el día en que el sobrino de Angelita (la veterana del patio: llegó a esta casa al terminar la Guerra Civil) vino a por su ropa. Su tía le recomendó venderla y le recordó que no quería oír más historias. Ninguna historia más, Juan. Juan sólo quería beberse un vaso de agua fría y salir de allí. Lo vi de espaldas con los músculos de los hombros encogidos mirando a su tía desde arriba. Tranquilo, Juan. Pero Juan está tranquilo, Juan en realidad es un tío sosegado. Angelita, tranquila. Ya. Juan cruje escaleras abajo y su gorra y su camiseta de colores chillones desaparecen por el zaguán, un bolsón al hombro. Angelita, asomada, masculla. Luego me sonríe y me dice que ponga granos de arroz en la tierra cuando siembre los tiestos.
El primer coche de policía estaba frente al supermercado y lo rodeaba una marabunta de curiosos ajenos al barrio: mochilas en bandolera, gafas de sol graduales, patillones enormes, culitos envueltos en faldas de trapo, y una escritora alta, desgarbada y hermosa (una constelación en una sien y un lunar capital en la mejilla opuesta). Fyra a veces pasa regomello entre las esquinas del barrio, pero siempre, siempre, sabe moverse sin tener que atender a semáforos o pasos de cebra. Pisa el asfalto como toca con los dedos las páginas satinadas de una novela barata y pretenciosa. Y allí está, parada, ha encendido un cigarrillo y hace tiempo. Por lo visto, un cliente se puso nervioso en la caja porque su cola no avanzaba y empezó a berrear. El segurata le ha tajado el cuello de una bofetada, "con el anillo de boda, sangraba mucho, pero no fue nada". Poco más se sabía. El supermercado estaba vacío, las puertas semiabiertas, vigiladas por cuatro policías, y todas las luces encendidas. ¿Han secuestrado a alguien?, preguntaba un calvo con gafitas y ojos de deseo. No sé, ni idea. Cuarenta turistas y cuatro policías, y dentro del supermercado, algunos empleados discutiendo. Al final, la gente se aburrió y se empezó a marchar. Ni siquiera un "circulen, no hay nada que ver", pensó Fyra mientras apagaba el cigarro bajo la sandalia. Bueno, esto es Lavapiés. Esto es Madrid. Nada es lo que te cuentan y al final todo acaba siéndolo. Al menos lo ves venir, te queda la expectación y el temor, la esperanza cotidiana de que amanezca cada día todo un poco más sereno, o al menos un poco menos histérico. Estoy de acuerdo con ella en que es un buen sitio para poner a prueba emociones viscerales, sabrosas, útiles, olvidadas en otros, en la mayoría de escenarios de la vida urbana o no urbana del burgués con piel de lobo que yo soy.